En el primer artículo de esta serie pusimos los datos sobre la mesa. En el segundo hablamos de la falta de mano de obra, el problema más urgente. Toca ahora el otro gran problema del relevo generacional: quién se pondrá al frente de la explotación cuando el agricultor de hoy se retire. Y para encontrar soluciones que funcionen, antes hay que entender bien por qué hemos llegado hasta aquí.

Las cifras hablan por sí solas: la edad media del agricultor español supera ya los 61 años. En Europa la situación no es mucho mejor: la edad media es de 57 años y solo el 12 % de los agricultores tiene menos de 40, hasta el punto de que la Comisión Europea ha aprobado una estrategia específica para intentar duplicar esa proporción de aquí a 2040. No estamos, por tanto, ante un problema solo andaluz ni solo español, sino de todo el continente. Pero eso no nos exime de buscar nuestras propias respuestas.

Hace unos días tuve ocasión de asistir en Zaragoza al XI Encuentro Nacional de Agripoolers, organizado por Acodea junto a UPA, Fademur y Cooperativas Agro-alimentarias, donde más de un centenar de agricultores, cooperativas, universidades y administraciones debatimos precisamente sobre este asunto. De allí me traje una idea que resume bien el reto: no se trata de retener a los jóvenes a la fuerza, sino de crear las condiciones para que puedan elegir quedarse, volver o llegar al campo. Algunas de las reflexiones de aquellas jornadas aparecen a lo largo de este artículo.

Índice del artículo
  1. Primera parte: las causas
  2. 1. Una pirámide de población que se ha dado la vuelta
  3. 2. La puerta cerrada a quien no nace en una familia agricultora
  4. 3. El agricultor que no se jubila: la dificultad de «soltar la cuchara»
  5. 4. Los primeros que no quisieron el relevo fueron los propios padres
  6. 5. Una imagen que no hace justicia al campo de hoy
  7. 6. Explotaciones pequeñas, costes grandes y precios que no decidimos
  8. 7. Un competidor nuevo por la tierra: los fondos de inversión
  9. 8. No basta con un trabajo: hace falta un proyecto de vida
  10. Segunda parte: las soluciones
  11. 1. El cambio empieza en casa
  12. 2. Planificar la sucesión en vida
  13. 3. Movilizar la tierra que no se trabaja
  14. 4. Financiación pensada para quien empieza
  15. 5. Acompañar más allá de la primera instalación
  16. 6. Mejor copiar que inventar
  17. 7. Jugar con las mismas cartas que los fondos
  18. 8. El cooperativismo del siglo XXI
  19. 9. Pueblos donde merezca la pena quedarse
  20. Conclusión: dejar de mirar desde la barrera

Primera parte: las causas

1. Una pirámide de población que se ha dado la vuelta

Cuando hablamos de relevo generacional conviene empezar por el principio: no es solo que los jóvenes no quieran ser agricultores, es que cada vez hay menos jóvenes. La pirámide de población española hace tiempo que dejó de parecerse a una pirámide. Su parte más ancha ya no está en la base, sino en el centro: los nacidos entre finales de los años cincuenta y finales de los setenta, cuando en España nacían más de 650.000 niños al año. En 2024 nacieron 318.005, menos de la mitad, y el número medio de hijos por mujer cayó a 1,10, uno de los más bajos del mundo. Hoy el 21 % de la población tiene 65 años o más, y el INE prevé que esa proporción siga creciendo durante décadas.

La consecuencia es pura aritmética: la generación que ahora se jubila es mucho más numerosa que la que debería sustituirla, y eso ocurre en todos los sectores a la vez. El campo no compite por los jóvenes solo con la ciudad; compite con la sanidad, la industria, la construcción o la hostelería, que sufren exactamente el mismo déficit.

2. La puerta cerrada a quien no nace en una familia agricultora

El segundo obstáculo es que hoy resulta casi imposible llegar a ser agricultor si no se nace en una familia de agricultores. La razón es tan sencilla como contundente: el precio de la tierra. Según la Encuesta de Precios de la Tierra del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2024 la hectárea agrícola costaba en Andalucía una media de 17.064 euros, un 66 % más que la media nacional (10.248 euros), y la de olivar de regadío superaba los 25.000 euros. Los precios acumulan una subida cercana al 14 % desde 2020 y no han dejado de crecer ni un solo año. Y cabe recordar que estos son datos estadísticos: los que vivimos en el campo sabemos que esos precios «oficiales» no reflejan la realidad, y que hoy una hectárea de olivar de riego en Andalucía cuesta bastante más que esa cifra.

A la tierra hay que sumar el agua, la maquinaria y, sobre todo, la financiación de la inversión inicial. Con esos números, un joven que parta de cero —sin tierra propia ni herencia— difícilmente puede comprar una explotación viable, conseguir el crédito necesario y esperar que las cuentas salgan a corto o medio plazo. No es de extrañar, por tanto, que tres de cada cuatro agricultores menores de 35 años procedan de familias agricultoras. La vía realista de acceso, salvo excepciones, sigue siendo la herencia. Y cuando la herencia es la única puerta, el relevo depende por completo de lo que ocurra dentro de cada casa, que es precisamente donde están las dos causas siguientes.

3. El agricultor que no se jubila: la dificultad de «soltar la cuchara»

Para casi cualquier trabajador, jubilarse significa dejar de trabajar. Para muchos agricultores, en cambio, significa únicamente empezar a cobrar su pensión de jubilación. Pocos piensan en dejar de ir al campo, y algunos, literalmente, mueren con las botas puestas. Y es que, como decimos en mi pueblo, al agricultor le cuesta «soltar la cuchara».

Es comprensible. La tierra no es solo un medio de vida: es el patrimonio de toda una vida de esfuerzo, muchas veces comprado palmo a palmo, y es también parte de la identidad de quien la trabaja. Pero ese apego tiene un coste que rara vez calculamos. Permítaseme una broma: el agricultor se parece a la reina Isabel II de Inglaterra. Sus tierras son su reino, le ha costado mucho reunirlas y no piensa cederlas bajo ningún concepto. Y a sus hijos les ocurre lo mismo que a Carlos III, que llegó al trono con 73 años: cuando por fin heredan la explotación, están ya ellos mismos cerca de la edad de jubilarse. Han pasado su vida activa como ayudantes en una finca que no dirigían, sin poder decidir, invertir ni modernizarla, y la reciben cuando ya no les queda tiempo, ni a veces ganas, para hacerlo. No es así en todas las familias —conozco muchas que han hecho el traspaso de forma ejemplar y a tiempo—, pero sí en las suficientes como para que sea una de las causas de fondo del problema.

Conviene dejar algo muy claro: jubilarse no significa perder la propiedad. El agricultor puede y debe seguir siendo dueño de sus tierras. Lo que sí debería suponer la jubilación es que la gestión de la explotación pase a manos de la siguiente generación.

Además, hay dos cuestiones de plena actualidad que todo agricultor jubilado debería conocer. La primera tiene que ver con la Seguridad Social: un pensionista que sigue trabajando personalmente su explotación solo puede compatibilizarlo con la pensión completa si sus rendimientos netos anuales no superan el salario mínimo interprofesional (17.094 euros en 2026). Por encima de ese umbral debe darse de alta como autónomo y acogerse a fórmulas como la jubilación activa, que reducen la pensión que percibe; no hacerlo puede acabar en la obligación de devolver lo cobrado, y ya se conocen casos de reintegros superiores a 40.000 euros.

La segunda afecta a la PAC. La propuesta de la Comisión Europea para el periodo 2028-2034, presentada en julio de 2025, excluye de la ayuda a la renta a los agricultores que cobren una pensión de jubilación, como muy tarde a partir de 2032. La propuesta sigue en negociación y algunas organizaciones agrarias ya se han opuesto, pero la dirección parece clara. Y no es un asunto menor: según el Ministerio, 272.240 perceptores de la PAC —el 41 % de las personas físicas que la cobran— tienen más de 65 años.

No es objeto de este artículo analizar en detalle la fiscalidad ni la situación ante la Seguridad Social del agricultor jubilado, y cada caso merece el consejo de un asesor. Pero sí creo necesario ponerlo encima de la mesa: el marco está cambiando, y aferrarse indefinidamente a la gestión de la explotación puede acabar saliendo caro, también en lo económico.

4. Los primeros que no quisieron el relevo fueron los propios padres

Durante años, muchos agricultores que sí podían transmitir su explotación fueron los primeros en no querer que sus hijos se quedaran en el campo. Después de toda una vida de sacrificios e incertidumbres, quien podía permitírselo prefería que sus hijos fueran médicos, maestros o funcionarios antes que agricultores.

Es una decisión que se entiende desde el cariño de unos padres, pero sus efectos colectivos han sido demoledores: durante décadas se ha transmitido la idea de que el campo era una salida de segunda, reservada a quien no ha tenido otra opción. Lo paradójico es que los jóvenes que sí se han quedado piensan de otra manera. Según un estudio de la Escuela de Ingeniería Agronómica de la Universidad Politécnica de Madrid y COAG, el 87 % considera la agricultura un trabajo estable a largo plazo, puntúan su satisfacción con un 8,5 sobre 10 y el 69 % vería con buenos ojos que sus hijos también fueran agricultores.

5. Una imagen que no hace justicia al campo de hoy

La imagen del sector es otra de las causas, y tiene dos caras. Fuera, una parte de la sociedad —sobre todo la urbana— asocia la agricultura con contaminación, falta de sostenibilidad o dependencia de las subvenciones. Dentro, tenemos que hacer autocrítica, porque parte de la culpa es nuestra: solemos hacernos eco casi en exclusiva de las malas noticias del campo —la sequía, los bajos precios, la burocracia— y apenas contamos las buenas.

¿Le hemos explicado a la sociedad todo lo que ha avanzado la agricultura en los últimos cincuenta años? ¿Sabe la gente que hoy un tractor lleva cabina climatizada y guiado por GPS de precisión, y que se conduce con la misma comodidad que un turismo? ¿Que se riega con sondas de humedad, se vigila el cultivo con drones y la finca se controla desde el móvil? ¿Que dos de cada tres jóvenes agricultores tienen formación universitaria o de FP superior? El campo actual no tiene prácticamente nada que ver con el de nuestros padres y abuelos y, sin embargo, seguimos vendiendo la imagen de un oficio sacrificado y sin futuro. Si no somos capaces de contar también lo bueno, difícilmente vamos a atraer a nadie.

6. Explotaciones pequeñas, costes grandes y precios que no decidimos

A todo lo anterior se suma el factor que, en el fondo, lo condiciona todo: la rentabilidad. La vocación, por sí sola, no sostiene una explotación. Y en Andalucía arrastramos un problema estructural de fondo, el minifundio, es decir, la enorme fragmentación de la propiedad agraria. Según el Censo Agrario de 2020 del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, la superficie media por explotación en nuestra comunidad es de apenas 17,8 hectáreas, frente a las más de 26 de la media española, y en provincias como Almería se queda en 7,7. E insisto en el problema de las estadísticas: los que nos dedicamos a esto sabemos que muchos de nuestros agricultores tienen explotaciones mucho más pequeñas de lo que refleja este estudio.

Pensemos en un agricultor con una explotación de ese tamaño: ¿tiene sentido que deba disponer, él solo, de toda la maquinaria necesaria para trabajarla? Esa inversión, amortizada sobre tan poca superficie, dispara el coste por hectárea. Si a ello sumamos el encarecimiento de fertilizantes, energía y fitosanitarios —en las dos últimas décadas los costes de producción han crecido casi el doble de rápido que la renta agraria—, unos precios en origen que el agricultor no fija, sino que le vienen impuestos, y una carga administrativa creciente, los números sencillamente no salen. Los propios jóvenes lo confirman: el 69 % señala el exceso de burocracia como uno de sus principales problemas y el 68 %, el coste de los insumos. Y si los números no salen, tampoco conseguiremos que ningún joven quiera quedarse.

7. Un competidor nuevo por la tierra: los fondos de inversión

Hay un tema delicado del que el sector habla mucho en privado y poco en público: la entrada de los fondos de inversión en el campo. Más de 900 fondos operan ya en la península ibérica y controlan tierras agrícolas valoradas en más de 100.000 millones de euros. Se centran en cultivos leñosos de alto valor —olivar, almendro, pistacho, cítricos o aguacate—, preferentemente en regadío y en el sur peninsular, con especial presencia en la cuenca del Guadalquivir. Algunas gestoras superan ya las 30.000 hectáreas de olivar bajo su control.

Los fondos se han dado cuenta de algo que nosotros sabemos desde siempre: el campo es un buen negocio si se gestiona con grandes números. Con economías de escala, maquinaria propia de alto rendimiento y acceso a financiación barata, sus costes por kilo están muy por debajo de los de una explotación familiar. El problema, desde el punto de vista del relevo, es doble. Por un lado, compiten por las mejores tierras y el mejor acceso al agua, y contribuyen a tensionar unos precios que ya eran inalcanzables para un joven. Por otro, sustituyen al agricultor titular por un gestor asalariado: la tierra sigue produciendo, pero el pueblo pierde a quien toma las decisiones y reinvierte en él.

No se trata de demonizar a nadie: los fondos invierten donde ven rentabilidad, y eso, en sí mismo, es una buena noticia sobre el futuro del sector. Pero si esa rentabilidad solo está al alcance de quien opera a gran escala, el reto para nosotros es evidente: conseguir esa misma escala sin perder el modelo de agricultor profesional y arraigado en su territorio. Volveremos sobre ello en las soluciones.

8. No basta con un trabajo: hace falta un proyecto de vida

La última causa va más allá de la explotación. Un joven no decide solo dónde trabajar, sino dónde vivir, dónde criar a sus hijos y dónde puede trabajar su pareja. Y ahí muchos de nuestros pueblos compiten en desventaja: falta vivienda, la conexión a internet sigue siendo deficiente en muchas zonas, y los servicios sanitarios, educativos, de ocio, un  Mercadona o un cine quedan cada vez más lejos. No hay relevo posible sin un proyecto de vida completo: vivienda, conectividad, escuela, sanidad y oportunidades de empleo para la pareja. Un joven puede estar dispuesto a sacrificarse por su explotación; lo que no va a hacer es renunciar a todo lo demás.

No se trata de retener a los jóvenes a la fuerza, sino de crear las condiciones para que puedan elegir quedarse, volver o llegar al campo.

Segunda parte: las soluciones

Ninguna de estas causas tiene una solución única ni rápida. Algunas, como la demografía, escapan a nuestro control; pero precisamente porque los jóvenes serán cada vez menos, el campo tendrá que competir por ellos ofreciéndoles algo mejor que otros sectores. Las demás tienen respuesta, y buena parte de ella está en nuestras manos.

1. El cambio empieza en casa

La primera solución no cuesta dinero, pero exige algo más difícil: un cambio cultural. No podemos pedir a Bruselas o a Madrid que faciliten el acceso de los jóvenes a la tierra mientras en nuestras propias casas empujamos a los nuestros hacia cualquier otra profesión. Si queremos relevo, tenemos que dejar de presentar el campo como un castigo y empezar a mostrarlo como lo que puede ser: una profesión moderna, tecnológica y con futuro.

Eso incluye contar mejor lo que hacemos. Las cooperativas, las organizaciones agrarias y los propios agricultores debemos ser los primeros embajadores del campo: abrir nuestras fincas y fábricas a colegios, institutos y centros de formación profesional, estar presentes en las redes sociales —donde se informan los jóvenes— y enseñar la agricultura real de hoy, no la de hace cincuenta años. Y también incluye explicar al consumidor el valor de lo que produce el agricultor de su tierra: un etiquetado claro del origen y una apuesta decidida por el producto local son la mejor defensa frente a importaciones más baratas de terceros países.

2. Planificar la sucesión en vida

El relevo no debería ser algo que ocurre cuando fallece el titular, sino algo que se planifica con años de antelación. Existen fórmulas que permiten que el hijo o la hija asuma la gestión sin que los padres pierdan la propiedad. Además, la normativa contempla importantes reducciones fiscales en la transmisión de explotaciones agrarias prioritarias, especialmente cuando quien las recibe es un joven agricultor, y muchas familias las desconocen.

Los cambios que se anuncian en la PAC y en el control de la Seguridad Social sobre los pensionistas son, en este sentido, una buena ocasión para sentarse en familia y hablar del futuro de la explotación. Un buen asesoramiento marca la diferencia, y aquí las cooperativas, que conocen a cada socio y a cada finca, pueden jugar un papel clave.

Y hay algo que el agricultor que se retira puede seguir aportando, y mucho: su experiencia. Ceder la gestión no significa desaparecer, sino pasar de ser el que decide a ser el que aconseja. La tecnología, la digitalización o la inteligencia artificial son herramientas valiosísimas, pero no sustituyen el conocimiento acumulado de quien lleva cuarenta años mirando el cielo y la tierra. El mejor relevo es el que suma las dos cosas.

3. Movilizar la tierra que no se trabaja

Frente a la barrera del precio, la respuesta no pasa solo por comprar tierra: pasa por movilizar la que existe y no se trabaja, o se trabaja mal. Europa y España parecen haberlo entendido. La Estrategia de Relevo Generacional presentada por la Comisión Europea en octubre de 2025 propone un observatorio europeo del mercado de la tierra, un paquete de apoyo de hasta 300.000 euros por joven agricultor y que los Estados destinen al menos el 6 % del presupuesto agrario al relevo. En paralelo, el Ministerio ha anunciado la plataforma «Tierra Joven», que ofrecerá información unificada sobre tierras disponibles, y la puesta a disposición de unas 17.000 fincas rústicas del Estado, preferentemente para jóvenes y mujeres.

Son pasos en la buena dirección, pero ninguna plataforma funcionará si los propietarios no confían en que su tierra estará bien cuidada y bien pagada. Hace falta un intermediario de confianza, con arraigo en el territorio. Y ese intermediario ya existe: es la cooperativa.

4. Financiación pensada para quien empieza

La ayuda a la primera instalación es necesaria, pero no suficiente: un joven sin patrimonio necesita, sobre todo, que un banco le preste dinero en condiciones razonables. Aquí también hay ejemplos que funcionan. En Aragón, el Gobierno autonómico utiliza instrumentos financieros públicos para ofrecer préstamos en condiciones favorables y avales tanto para liquidez como para la compra de tierra y maquinaria de segunda mano. Extremadura ofrece hasta el 31 de diciembre de 2026 préstamos de hasta 300.000 euros para la instalación de jóvenes, con bonificación de intereses y un aval de SAECA que cubre el 80 % del riesgo. Andalucía debería contar con una línea específica de este tipo para la incorporación de jóvenes y la compra de tierra, y las cooperativas, que conocen la solvencia real de cada proyecto mejor que nadie, pueden actuar como garantes de los planes de viabilidad de estos expedientes ante las entidades.

5. Acompañar más allá de la primera instalación

El proceso no termina cuando se concede la ayuda de incorporación. Es entonces cuando empieza lo difícil. Las organizaciones que más saben de esto reclaman un seguimiento a cinco y diez años, con tutorías, programas de intercambio como Cultiva —que permite a jóvenes agricultores hacer estancias formativas en explotaciones modelo de otras regiones— y redes entre jóvenes para compartir conocimientos y, también, errores. Las cooperativas tienen aquí una ventaja enorme: sus servicios técnicos ya visitan las fincas de sus socios. Convertir esa relación en un acompañamiento estructurado para los recién incorporados cuesta poco y puede evitar muchos fracasos.

6. Mejor copiar que inventar

No partimos de cero. En otros lugares de España y de Europa ya se han probado fórmulas que funcionan y, como dice el refrán, es mejor copiar que inventar.

En nuestra propia región, Cooperativas Agro-alimentarias de Andalucía elaboró hace un año un catálogo de buenas prácticas que recopila las iniciativas que distintas cooperativas andaluzas ya aplican para favorecer el relevo generacional. Destacan tres líneas de trabajo:

  • Espacios test agrarios: fincas donde un joven puede probar la actividad durante un tiempo limitado, con acompañamiento técnico y sin asumir todavía el riesgo de comprar tierra ni maquinaria, antes de decidir si da el salto definitivo.
  • Comisiones de jóvenes cooperativistas: dan voz a los socios más jóvenes ante el consejo rector y facilitan que sus ideas lleguen a la toma de decisiones.
  • Gestión directa de tierras por la propia cooperativa, a mi juicio la más determinante: en lugar de esperar a que aparezca un comprador o un arrendatario, es la cooperativa quien asume la gestión de las fincas que se quedan sin relevo, con inversión propia si hace falta, para no perder esa superficie ni esa producción.

Fuera de Andalucía hay cooperativas que llevan años aplicando esta idea con resultados concretos:

  • Unió, en Reus (Tarragona), invierte en recuperar fincas de socios que se jubilan sin relevo y luego cede su gestión a un agricultor joven durante un periodo largo. La producción se reparte aproximadamente en un 65-70 % para quien trabaja la tierra, un 10-12 % para el propietario y el resto para la cooperativa, que recupera así su inversión a lo largo de los años. Con este modelo ha incorporado a decenas de jóvenes y recuperado más de 700 hectáreas.
  • La cooperativa de Viver (Castellón) ha ido más allá: se ha convertido ella misma en productora, incorporando a jóvenes socios a su propia plantilla.
  • La cooperativa de Onda (Castellón) gestiona de forma conjunta las tierras de socios que no pueden explotarlas, en una comarca marcada, como la nuestra, por el minifundio.

Ninguna de estas fórmulas es magia: todas exigen que la cooperativa ponga dinero encima de la mesa, asuma riesgos y tenga paciencia. Pero todas demuestran que el modelo funciona cuando hay voluntad real de aplicarlo.

7. Jugar con las mismas cartas que los fondos

Si los fondos de inversión han demostrado que el campo es rentable a gran escala, la pregunta es por qué no puede aprovechar esa misma lógica quien de verdad vive en el territorio. Propongo una fórmula concreta: que sea la cooperativa la que compre esas grandes fincas cuando salen al mercado. Las grandes superficies suelen venderse a un precio por hectárea muy inferior al que se paga por las pequeñas parcelas, precisamente porque hay pocos compradores con capacidad para adquirirlas. La cooperativa sí la tiene, o puede tenerla.

Una vez adquirida, la cooperativa puede parcelar la finca en unidades viables —respetando siempre la unidad mínima de cultivo— y facilitar el acceso a sus socios, dando prioridad a los jóvenes, mediante venta con pago aplazado, arrendamiento con opción de compra o fórmulas de cesión. Y puede ir un paso más allá: negociar con las entidades financieras líneas de crédito colectivas o aprovechar los avales públicos para que esos jóvenes accedan a la financiación que por sí solos nunca conseguirían. De este modo, el joven compra tierra a un precio razonable, la cooperativa gana socios y producción, y el territorio conserva agricultores que viven en él.

Para jugar en esa liga, eso sí, las cooperativas necesitamos músculo: la fragmentación cooperativa es un lujo que ya no nos podemos permitir. Tener tres o cuatro cooperativas pequeñas compitiendo en el mismo pueblo es la mejor manera de que otros, con más capital, se queden con el negocio. La integración y la intercooperación no son solo una cuestión de comercialización; también son la condición para poder dar este tipo de pasos.

8. El cooperativismo del siglo XXI

Igual que el cooperativismo de los años sesenta sirvió para corregir el desequilibrio entre la industria y los agricultores, dándoles una capacidad de negociación y de transformación que jamás habrían tenido en solitario, el cooperativismo del siglo XXI tiene que servir ahora para resolver la falta de relevo generacional. Y tiene que hacerlo con la misma valentía con la que se hizo entonces.

El sector cooperativo es el agente mejor situado para hacerlo. A una empresa industrial no le compensa gestionar miles de pequeñas parcelas dispersas; solo tiene sentido para quien, como la cooperativa, existe precisamente para servir a esos socios y a ese territorio. Durante décadas hemos entendido el progreso del cooperativismo como un avance hacia delante en la cadena: transformar más, envasar más, comercializar más, exportar más. Ese camino sigue siendo imprescindible, porque es el que permite que el agricultor capture una parte mayor del valor de lo que produce. Pero ahora toca, además, avanzar hacia atrás: que la cooperativa entre directamente en el campo, gestione las explotaciones que le ceden sus socios y sea eficiente en costes gracias a una escala que ningún agricultor individual puede alcanzar por su cuenta. Esa misma escala es la respuesta al minifundio: la maquinaria, la mano de obra y la gestión técnica, compartidas, dejan de ser un lastre por hectárea.

Ahora bien, esto no significa que la cooperativa deba quedarse con todo el territorio, ni que las empresas de servicios o los agricultores que hoy viven de arrendar tierra deban verla como una amenaza. La solución que planteo es híbrida, no excluyente. La cooperativa puede y debe gestionar directamente la parte del territorio que de verdad se queda sin relevo y sin alternativa, pero dando prioridad a los agricultores de la zona que quieran ampliar su explotación arrendando esas tierras y apoyándose en las empresas de servicios para las labores que ya realizan bien. Su papel debe ser el de red de seguridad del territorio, no el de competidor de quienes hoy se dedican al campo.

La «Guía práctica de Gestión Comunal de Explotaciones en las Cooperativas», de la Cátedra de Cooperativas Agroalimentarias, llega a una conclusión muy clara: por su naturaleza y su vínculo con el territorio, las cooperativas agroalimentarias son las principales llamadas a facilitar la gestión de las explotaciones que se quedan sin relevo. Ninguna empresa, por grande que sea, tiene ese mismo arraigo ni ese mismo interés en que el territorio siga vivo. Nosotros sí, y por eso nos corresponde dar el paso.

9. Pueblos donde merezca la pena quedarse

Por último, nada de lo anterior servirá si el joven que se incorpora no encuentra en su pueblo un lugar donde vivir. Aquí la responsabilidad es sobre todo de las administraciones: vivienda asequible, fibra y cobertura móvil, escuelas, centros de salud y transporte no son un lujo, sino la condición para que haya relevo. Pero el sector no puede limitarse a reclamar. Las cooperativas son, en muchos municipios, la principal empresa del pueblo, y pueden contribuir generando empleo cualificado —técnicos, administración, comercialización— que dé también una oportunidad a los jóvenes, y actuando como interlocutor ante ayuntamientos y diputaciones para que las necesidades del campo estén en la agenda.

Conclusión: dejar de mirar desde la barrera

No es una tarea sencilla ni una decisión que se tome de la noche a la mañana. Pero, después de estos tres artículos, tenemos el diagnóstico completo: sabemos que envejecemos, sabemos que nos faltan manos para trabajar la tierra y sabemos por qué los jóvenes no llegan: porque son pocos, porque la tierra y la financiación están fuera de su alcance, porque a muchos mayores les cuesta soltar la cuchara, porque durante años les hemos dicho que se fueran, porque no hemos sabido contar cómo es el campo de hoy, porque con explotaciones tan pequeñas los números no salen, porque compiten con fondos que juegan con otras reglas y porque, a veces, el pueblo no les ofrece un proyecto de vida.

También sabemos qué hacer: cambiar el discurso en casa, planificar la sucesión en vida, movilizar la tierra, financiar y acompañar a quien empieza, ganar escala sin perder arraigo, exigir pueblos donde merezca la pena quedarse y, sobre todo, que alguien con más músculo que un agricultor individual —normalmente la propia cooperativa— asuma parte del riesgo para que el relevo sea posible. Tenemos ejemplos de los que aprender, aquí y fuera. La pregunta que de verdad importa no es si el campo va a tener relevo generacional. La pregunta es si nuestras cooperativas están dispuestas a dejar de mirar el problema desde la barrera y a ser, de una vez, quienes lo hagan posible.

Antonio Jesús Jiménez, asesor estratégico

Fuentes principales: INE (Censo Agrario 2020; Movimiento Natural de la Población 2024; Proyecciones de Población 2026-2076); Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (Encuesta de Precios de la Tierra 2024; análisis del Censo Agrario 2020); Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía (Censo Agrario 2020); Comisión Europea (Estrategia de Relevo Generacional en la Agricultura, octubre de 2025, y propuesta de PAC post-2027); La Moncloa (medidas para el relevo generacional, enero de 2026); ETSIAM (UPM) y COAG (estudio sobre jóvenes agricultores); COAG y elDiario.es (fondos de inversión en el campo, enero de 2025); Datadista («El olivar franquiciado»); Junta de Extremadura (préstamos garantizados para jóvenes agricultores, 2025); Acodea, UPA, Fademur y Cooperativas Agro-alimentarias (XI Encuentro Nacional de Agripoolers, Zaragoza, septiembre de 2026); Cooperativas Agro-alimentarias de Andalucía; Diari de Tarragona (programa de jóvenes agricultores de Unió); «Guía práctica de Gestión Comunal de Explotaciones en las Cooperativas» (Cátedra de Cooperativas Agroalimentarias).

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