De un tiempo a esta parte se ha instalado en el mundo empresarial una idea que parece incuestionable: hay que crecer, y hay que hacerlo rápido; facturación, volumen, cuota de mercado… todo vale con tal de que el número de este año sea más grande que el del año pasado.
Mi opinión: como todo en este mundo, nada es blanco ni negro. Crecer, sí. Pero no a cualquier precio.
Un castillo de arena en la orilla
Imaginad vuestro negocio como ese castillo de arena construido al borde del mar que cada verano vemos en los paseos marítimos de nuestro litoral.
El artista lo ha levantado con esfuerzo: torres bien definidas, murallas firmes, trenecitos, luces, figuritas, fuegos, ríos, una verdadera obra de arte. Nadie piensa en el número de horas de trabajo que hay detrás de esa obra de arte. Es como si la naturaleza la hubiera colocado allí.
De la misma manera, nadie conoce el número de horas de trabajo que hay detrás de cada empresa, e igualmente la gente que pasa por allí cree que está ahí por obra del azar.
Pero estáis en la playa, y allí cada día es diferente. Hay días sin aire, días en que las olas no dejan de llegar con fuerza, personas que se acercan y le hacen daño.
El mundo es así, simplemente hace lo que siempre ha hecho: va desgastando poco a poco las murallas, borrando los contornos, llevándose arena. Si os sentáis a mirar el castillo sin tocar nada durante unas horas, veréis que pronto no queda más que un montón de arena.
Porque mantener en pie esa obra de arte, ese castillo, exige estar todo el rato reconstruyendo, reforzando, echando arena donde se ha perdido.
Y aquí está lo importante: no es que el artista lo esté haciendo mal. Es que así funcionan las cosas. Todo lo que construimos con orden y esfuerzo tiende, con el tiempo, a desordenarse solo. Mantenerlo en pie cuesta trabajo. Dejar que se caiga no cuesta nada.
Por eso hace falta gente, cada día, cuidando el castillo. Y cuanto más grande es el castillo, más medios necesita, más personal hace falta para mantenerlo.
Así es el mercado…
El aceite de oliva, la aceituna de mesa y el cereal no son un negocio cualquiera. Son, probablemente, uno de los sectores donde las olas pegan más fuerte y seguido.
Estamos en Andalucía, una tierra que sufre ciclos de sequía y superproducciones que se repiten una y otra vez, campaña tras campaña. Un año excepcionalmente bueno puede ir seguido de un año ruinoso sin que hayamos cambiado nada en cómo trabajamos el campo. La cosecha no depende solo de que hagamos bien las cosas: depende del cielo.
A eso hay que sumarle unos mercados muy inestables, que dependen mucho de lo que ocurre fuera de nuestras fronteras. Las importaciones de otros países entran y salen del mercado, y nosotros notamos ese vaivén sin poder controlarlo.
El precio del aceite puede duplicarse o desplomarse en pocos meses por cosas que pasan a miles de kilómetros de nuestros olivares, o simplemente por con qué ánimo se haya levantado el Sr. Trump esta misma mañana.
¿Qué tamaño tienen de verdad nuestras cooperativas?
Aquí conviene mirar los números, porque dicen algo que muchas veces intuimos, pero no nos atrevemos a poner encima de la mesa.
El cooperativismo agrario es un sector con un tamaño medio muy por debajo del que necesitaría para jugar en las condiciones actuales del mercado. Y las cooperativas que hoy están por debajo de los 15 millones de euros de facturación —que en Andalucía son muchas— tienen, desgraciadamente, un futuro complicado si no cambian de escala en los próximos años.
No porque lo hagan mal, sino porque el mercado en el que compiten ya no permite ese tamaño. Lo he repetido muchas veces: son empresas preparadas para un mundo que ya no existe.
Crecer por arriba, no solo por abajo
Y aquí es donde quiero matizar algo importante, porque el mensaje de «hay que ser más grandes» es perverso en sí mismo.
Crecer por abajo es sumar más agricultores, más socios, más hectáreas, más kilos de aceituna, de cereal o de lo que sea. El problema es que ese tipo de crecimiento, si no va acompañado de algo más, no hace a la empresa más fuerte. La hace más grande y frágil a la vez.
Porque cada kilo nuevo que entra por la puerta necesita, al otro lado, más capacidad comercial para venderlo bien, más administración para gestionarlo, más control de costes, más capacidad industrial en la fábrica para transformarlo sin cuellos de botella.
Y la gestión de la calidad, el medio ambiente, la prevención de riesgos, la investigación, el desarrollo, la innovación, el marketing… ya no son una opción ni un lujo, son obligaciones.
Crecer… ¿para qué?
Aquí conecto todo esto con la idea del tamaño. Más hectáreas afectadas por la misma sequía. Más producto que comercializar y sostener cuando el precio se hunde porque hay una superproducción o ha entrado una importación masiva de fuera. Más estructura fija que mantener en las campañas malas, que en nuestro sector no son la excepción: son parte del ciclo normal.
Por eso no creo que el objetivo sea ni «ser lo más grande posible» ni «virgencita que me quede como estoy». Creo que el objetivo es encontrar el tamaño que nos permita defendernos en el mercado, con peso real para influir en las condiciones, pero con una estructura entera —comercial, administrativa, financiera, industrial— que haya crecido a la misma velocidad que el volumen.
Sin eso, no hay tamaño que aguante la próxima sequía o la próxima superproducción.
La pregunta no es «¿cómo de grandes podemos llegar a ser?», sino «¿cómo de grandes necesitamos ser para competir con solidez, y qué parte de la estructura tenemos que reforzar antes de seguir sumando volumen?»
Crecer o no crecer, esa es la cuestión. Y la respuesta, casi siempre, está en la letra pequeña: crecer, sí, pero crecer con cabeza y no a cualquier precio.
#Cooperativismo #AceiteDeOliva #Agroalimentario #Andalucía #EstrategiaEmpresarial
